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martes, 18 de febrero de 2020

Encarar los años uno a uno

El creacionista del día. Adán Echeverría









Este 16 de enero de 2020 cumpliré 45 años. 40 de ésos los pasé en Mérida, la de Yucatán, dos veces país independiente, mi pequeña patria, mi patria chica; y los cinco años restantes entre Morelia, Ensenada y Matamoros. Soy biólogo desde 1999, y desde entonces me he dedicado a la biología. Sin embargo, en lo que a la literatura se refiere, esto ha sido desde mucho antes. No podría considerar que mi primer poema fuera aquel acróstico que por el día de la madre escribiera en la primaria; pero sí debo considerar que mi carrera literaria comenzó en 1994 con la publicación de mi poema El Enfermo, en la Revista de la Universidad Autónoma de Yucatán. Que en 2001 gané la publicación de mi primer poemario, y que este apareció con el nombre de El ropero del suicida en el año 2002, por la editorial Dante. Entonces podría decir que llevo 20 años como biólogo y como escritor.


En 1994 ocurrió en Chiapas el levantamiento del Ejército Zapatista Nacional de Liberación Nacional. En su Declaración de Guerra decían: “…y marcharemos a la ciudad de México, todo aquel que en el camino se nos una, será bienvenido; todo aquel que se nos oponga e intente detenernos, de ganar la guerra, serán considerados “traidores a la patria, enemigos”, y serán juzgados…”; de inmediato me sumé a su ideología, y decidí irme a Chiapas, dejarlo todo e irme, y no fue sino hasta 2002 cuando por fin estuve en San Cristóbal de las Casas, en casa del (ya desaparecido) poeta Marco Fonz, quien me invitara a presentar “El ropero del suicida” en un café librería que entonces coordinaba.


En 1994, iniciada una guerra contra el estado mexicano, yo publicaba mi primer poema “El Enfermo”. Entre 1994 y 1999, hice teatro callejero con el grupo Anagnorisis, formé una banda de rock “Tu cruz”, tocamos una canción en un Festival de Rock, y grabamos un demo con cuatro de mis canciones. Ese mismo año llegué a una iglesia de renovación cristiana, para formar el coro de la iglesia, y en esa iglesia me quedé durante 6 años dirigiendo al coro, para el que escribía canciones, y luego el grupo de teatro, donde montábamos adaptaciones bíblicas, y musicales evangelizadores. De un momento a otro solté la guitarra y me quedé con la pluma y la hoja blanca. Retomé aquel camino que me llevara a publicar “El enfermo”, hasta que conseguí ganar la publicación de mi primer libro, y de ahí comenzó esta mi historia en la literatura.

Este enero de 2020 me han llegado a casa, ejemplares de mi tercer libro de cuentos, que lleva por título “Mover la Sangre”, editado por Literatelia en diciembre de 2019, en Toluca, Estado de México. Este es mi libro publicado número 15.

Bien dice el dicho que: “No por mucho publicar se amanece más temprano, en el jardín de los poetas”, o algo así. Lo cierto es que la literatura no se vende por kilos, ni se aprecia por atados de poemas. Sin embargo, me quedo con lo que dijo Gabriel García Márquez: “publico para abandonar las historias y no continuar corrigiéndolas infinitamente”. Al final, solamente el tiempo pondrá en su lugar a los poetas. Yo espero próximamente poder presentar este mi tercer libro de cuentos en Matamoros, poder hacer alguna lectura de estos cuentos, y que sean los lectores quienes indiquen que tal anda mi literatura a poco más de 20 años de haberla comenzado.

Porque son simplemente los años los que nos van cambiando y dirigiendo nuestras formas de expresión. Los años que pasamos leyendo.




jueves, 30 de enero de 2020

BREATH IN

El creacionista del día. Rodolfo Bertoni F.







Platicaba acerca de la muerte con mis amigos, el hecho de que el ambiente fuera tenue con el ocaso, y los colores fueran anaranjados, rojizos y púrpuras, daba al escenario algo más de nostalgia, sobre todo porque la copa de vino que yo tenía era la cuarta y menguaba para otra ronda.

-         – Así no puede ser, mira de todo lo que hablamos es acerca de una antítesis de hechos irrefutables, el contraste, el villano y el héroe, blanco y negro, amor y desapego, la vida y la muerte, todo es un balance de cada cosa, y por lo que a mí respecta no existe nada más allá de la muerte, por eso mejor hacer ahora lo que queramos, obviamente sin exagerar, simplemente hacer las cosas, porque no sabemos con exactitud que vaya a pasar, y no sé si haya vida después de la muerte.

Ahora entiendo como las imágenes de mis amigos se difuminaban en color naranja, como si se perdieran entre los colores, empezaban a ser manchas, como cuando ves el sol con los ojos cerrados se ve completamente blanco.

-          – Amigos, sinceramente creo que ya no beberé más, no los estoy viendo claro, este efecto dionisíaco me nubla hasta el pensamiento.

Sigo recordando cómo sus palabras sonaron como la trompeta que utilizaban en Charlie Brown – cuando era niño eso me daba miedo, los adultos dan miedo, esa vida ajetreada – pero traté de calmarme y el eco de mis amigos también se difuminaba en ese gran cuarto, donde sólo se escuchaban sonidos rebotando por doquier, hasta que algo imperceptible se escuchó en mi oído, la primera vez solo fue un ligero viento con un sonido. Hubo una segunda vez más claro, escuchaba al oído mi nombre, y la tercera hizo que cayera despierto de un brinco de mí cama, palpitándome el corazón a mil por hora y sudando frío en ese momento, ese sonido aún susurraba mi nombre, diciendo: “ –  Buh, te he devuelto, no corras que ya te llegará a ti … (Tu nombre)”.




viernes, 3 de enero de 2020

Awakenings







Este inicio de año 2020 despertamos pero nunca de la forma adecuada, tememos vernos inmersos en una marcha interminable de propósitos que nunca llevan como estandarte el mejor de ellos que es la constancia. El despertar viene del corazón esa fuerza que nos impulsa a seguir aunque el día manche tristeza o desesperación, que a pesar de lo nublado de nuestras emociones siempre podremos continuar ese sueño, despiertos. 

La temática "Awakenings" es para seguir despertando en el sueño para hacerlo realidad, si tienes alguna inquietud en la escritura - literatura -  o en algún otro arte esperamos tus colaboraciones al correo que ya conoces: elcreacionista_@hotmail.com o en algunos de nuestros accesos de contacto por medio de las redes sociales: https://www.facebook.com/creacionista, https://twitter.com/creacionista


Invitamos a todos los Creadores, en cualquiera de las artes en las que se complementen, a que nos compartan por medio de las #letras, #pintura, #teatro, #danza etc... alguna #creación que sea de su agrado. Este espacio lo conforman tus colaboraciones, y no solo está destinado a la creación literaria, también está abierto a las artes en general.


Este sitio es posible gracias a tu colaboración. 
Mil gracias :) 



jueves, 13 de junio de 2019

LA NOCHE DE SAN JUAN










Esa noche en que la mitad del año se acorta, se acortan las penas, tristezas y disminuyen las que vendrán en lo que falta del año. Las hogueras pronuncian una oración quieta y crepitante a la naturaleza, pidiendo iluminación para los meses siguientes, para llevar inteligencia y reflexión a todos y cada uno de los rincones sombríos de nuestro espíritu. La creación se alimentará de esa luz, para escribir y crear desde la algarabía de sentirnos vivos, porque aún falta mucho camino por recorrer este 2019. 

La temática de estos meses - JUNIO, JULIO -  es retomar esta insignia mítica desde los orígenes y en conjunción primigenia con la naturaleza, para despojarnos de prejuicios y crear desde la profundidad, todo lo que esta noche mágica ofrece tras el solsticio. 



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jueves, 16 de mayo de 2019

MATY

El creacionista del día. Rodolfo Bertoni F.







Yo estaba muy cabizbajo y taciturno sentado en la acera; lo único que recuerdo en ese momento fue ver pasar a muchas personas corriendo con palas, cubetas y herramientas para escombro, no eran sólo policías y paramédicos sino también personas que conozco, simples civiles; gente con el rostro en lágrimas, preocupaciones e impotencia de no poder hacer nada. Vi mucho humo y estaba muy confundido, una tierna chica se acercó a mí y creo que vio mi cara con lágrimas y mucho espanto, ella me abrazó y me dijo mientras acariciaba mi cabeza, que todo iba a estar bien.

Todo lo que pasó fue muy fugaz. Mi mamá estaba lavando, a un lado del departamento y por casualidad dejó abierta esa puerta, mi papá escuchaba en su computadora música estridente (de ese cantante argentino en coma, no recuerdo) estaba haciendo cosas casi rutinarias. Hubo algo raro en el ambiente, percibí el rápido aleteo de muchas aves, como si mi sangre fluyera más deprisa, cuando repentinamente todo empezó a sacudirse, e instintivamente salí primero del departamento, escuché como se caían cosas, bajé las escaleras y oí gritos ansiosos, los muebles y ventanas rechinaban e igual caían vasos, platos, cosas de cocina y los adornos de las salas de los vecinos; para mí fortuna el portón de los departamentos estaba abierto y salí lo más aprisa que pude, los vecinos también lo hacían, pero yo solo corrí y corrí sin mirar atrás, no me percaté qué tanto, hasta que llegué a una calle donde nada me era familiar, el lugar era extraño, con personas extrañas, olores extraños, y lo peor es que un edificio estaba colapsado. Me senté en la cornisa de la banqueta llorando, porque me había extraviado por el temblor y porqué había perdido a mi familia. Entré en un estado de shock sin saber qué hacer y mi mente quedó en blanco.

La chica me preguntó si sabía de dónde venía, la miré consternado. Ella me cargó entre sus brazos y caminó. Empecé a reconocer el lugar, los colores (un poco grisáceo y café por lo mismo del humo) olores, incluso a las personas; me bajé de sus brazos abruptamente y fui llorando hacía ese edificio donde vivíamos mi familia y yo, estaba totalmente destruido, y lloraba más y más. Conforme llegaba a las ruinas me subí a una biga mal puesta, rascaba y rascaba. La impotencia de no poder ayudar me invadió, quería ver que todo estuviera bien, olerlos nuevamente.

Insistí en mi búsqueda, la chica me gritó que no lo hiciera, hasta que me tomó de nuevo en sus brazos y lloramos juntos; creo que se conmovió más al verme hacer eso. Escuché que mi papá a lo lejos gritaba ¡Maty, Maty! Volteé mi cabeza rápidamente porque reconocí su voz grave, no pude contenerme, era mi papá y mi mamá que corrían y se tambaleaban con llanto de felicidad porque venían a recogerme. Veloz, me solté de los brazos de la chica e inmediato empecé a mover mi cola de izquierda a derecha de tanta felicidad y a ladrar en forma de reclamo y alegría, les lamí la cara de tanta emoción, para mí aquellos minutos fueron la eternidad.




jueves, 9 de mayo de 2019

EL BECARIO

El creacionista del día. Ricardo Durán





Nos conocimos en aquella oficina gris en donde ambos trabajábamos. El mismo gris del edificio era el color de todos los mediocres a los que contrataban. Sin aspiraciones, sin sueños, sin deseos ni ganas de crecer. Yo era peor que todos ellos, porque yo no cobraba ni un puto centavo. Era el becario del lugar. Me dedicaba a ir por los mandados u otra cosas que se ocuparan en la oficina. Sin embargo, me conformaba y me gustaba ver llegar todos los días a las cinco de la tarde a la maestra de arte a impartir su taller de artes plásticas para niños. La profesora Zúñiga era sumamente puntual y muy mamona. No hablaba con nadie, al menos que no fuese de trabajo. Era delgada, estatura media y fea, sin embargo, usaba un piercing en la nariz que le daba un sexy toque a su figura. Tenía la suerte de hablar con ella de vez en vez, porque regularmente me mandaba a comprar algún tipo de material para su clase a la papelería y repentinamente me regaló un par de sonrisas.


 Todos en la sección salían a comer de lunes a viernes de 3 de la tarde a 4:30pm. Me gustaba cuando se iban y me quedaba completamente solo. Comía algún sándwich que traía de casa y bebía vino barato con jugo de naranja que metía en algún termo de café. El subdirector de esa área sabía que lo hacía, pero no decía nada porque más de una vez lo encontré cogiendo en su oficina con la secretaria de la directora. Siempre me ponía a fisgonear en las computadoras y sin que ellos lo “notaran” les ayudaba con la edición de algunas capsulas informativas. Un viernes me encontraba fisgoneando en la computadora de Paquito, un editor de gran experiencia. La abrí y en su disco duro había un vídeo porno de él y su novia. Su novia estaba muy buena y me enganché viendo el vídeo. Sabía que no habría problema porque todos regresaban dentro de una hora y media a la oficina. Mientras en el vídeo Paquito se cogía a su novia, comencé a sobarme el pene sobre mi pantalón. Comenzó a ponerse dura y no pude más y me la saqué. Le puse pausa al vídeo cuando la novia de Paquito comenzó a mamársela. Se miraba que disfrutaba tenerla en su boca y que sabía hacerlo bastante bien. Comencé a movérmela de arriba abajo. Se sentía bien hacerlo en un lugar prohibido. Ahora sabía lo que sentía el hijo de puta del subdirector. 

Sin hacer ruido, llegó la profesora Zúñiga. Se paro delante de mi y vio lo caliente que estaba. Intente guardarla inmediatamente pero ella se acercó. 

—¿Qué estás haciendo, cabrón? — Deja te la chupo o te reporto para que te corran en este instante. 

Se agachó y se la llevó a su boca. Cerré los ojos y disfruté mientras me acordaba de la novia de Paquito. La profesora Zúñiga seguía chupándomela toda. 

A lo lejos escuche voces. La aparte unos segundos y me estiré para asomarme. La profesora se hincó de nuevo y siguió chupándomela más rápido. Los chicos de la sección se les había ocurrido llegar temprano esa tarde y estaban por llegar a la sala de edición. No pude contenerme más y me vine. Terminé en la boca de la profesora. Me salí y salpiqué de esperma el teclado de Paquito. 

Paquito y Gerardo entraron a la sala y me vieron con la profesora. Todas las computadoras estaban apagadas. La profesora me ensañaba a pegar alguna parte de una marioneta. Paquito llegó a su lugar y vio algún liquido blanco en su lugar y me miro molesto. 


—Pinche becario, si vas a aprender a pegar tus mamadas, que no sea en la sala de edición.


 Agarré el teclado y lo desconecté del CPU. Le puse windex y comencé a limpiarlo.


 La profesora Zúñiga agarró su marioneta y salió riéndose discretamente. 


Regresé con el teclado limpio y lo conecté. 


Paquito encendió su computadora y se puso a trabajar.




martes, 30 de abril de 2019

CLOSING DOORS




Lentamente todo se salva, todos los gritos quedan atrapados en la garganta del olvido, expresiones tardías caen deshojadas por el paso de las horas, y las noches no dejan de llorar la gravedad perdida de los posibles accidentes de la pasión; todos se levantan, otros se acuestan y acuestas llevan los días tejidos a los ojos, para no olvidarse de mirar todo lo significativa que ha sido su existencia, aunque esta perdure poco en el respiro instantáneo del tiempo. 

El mes de Mayo para muchos adviene la caída del año, la mitad de lo que hemos vivido se disuelve en la vida diaria, para dar paso a la insalvable levedad de los días venideros. La temática del mes consiste en cerrar puertas, avanzar y desplegar alas para los próximos meses, donde todo parece un poco vacío y lineal. A veces es bueno cerrar una puerta y abrir la siguiente para encontrar un panorama desconocido o reconstruido. 

Invitamos a todos los Creadores, en cualquiera de las artes en las que se complementen, a que nos compartan por medio de las #letras, #pintura, #teatro, #danza etc... alguna #creación que sea de su agrado. Este espacio lo conforman tus colaboraciones, y no solo está destinado a la creación literaria, también está abierto a las artes en general.


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Alma Carbajal G. 





jueves, 28 de marzo de 2019

Heissenberg

El creacionista del día. Rodolfo Bertoni F.









Heissenberg Banner era persona normal, común y corriente, con un trabajo  hasta el tedio de  rutinario,  cosa que no le permitía ser o hacer  lo que realmente quería. Pero… ¿qué es lo que realmente quería? Como todas las personas, vivía en una casa pequeña  de ayuda del gobierno, a pesar de no ser esos edificios que son idénticos que siempre otorgan, su hogar era realmente igual al de todas las demás casas; excepto por los colores de algunas que son muy llamativas, todas amontonadas parecen laberintos.

En busca de respuestas fue a su ciudad natal (ya que  trabajaba en la ciudad central hacía varios años).  Caminaba por las calles cavilando y viendo como las hojas de los árboles caían en otoño, pasando por los mismos puestos de comida y bares que recordaba justo cuando era niño.

Creyó  reconocer a alguien.

- ¡Oye!, creo que te conozco (alzó la voz, pero se escuchó como grito).

-Si dime.

-¿Eres Demian, verdad?- En esta edad de la vida los dos tenían aproximadamente 28 años, aquel conocido, totalmente un caballero, cabello negro, afeitado meticulosamente, sus gestos no cambiaban de cuando niño, se movía como gacela pero atacaba como vikingo en acción.

- Íbamos en el colegio de niños, y yo me sentaba aun lado de tu amigo Sinclair, ¿recuerdas?

- Por supuesto, que te trae por aquí de nuevo Heis.

- Ando en busca de algunas respuestas, he tenido pensamientos que me acongojan y ya no puedo incluso trabajar.

- ¿Qué es a lo que temes? No quiero importunar si no estás cómodo con la plática-. Comentó Demian.

-Desde niño eras una persona muy abierta y centrada, sabías lo que querías y eso llamaba la atención a todos…- Mientras él seguía con la adulación Demian solo escuchaba atento, pero parecía que también le cansaba. – Y solo quería preguntarte si acaso ¿tú le has temido algún día a la muerte?-.

- Sabes  Banner, habitualmente te me hacías una persona taciturna, con miedos de niños y hasta ahora los tienes se ve a leguas. No tengo respuestas a tu congoja, pero tanto Buddha como Cristo, decían “La muerte es un paso para la vida eterna”. Dos ideas iguales  tú decides si las crees.

Eso dejó a Heissenberg más confundido. Todo le iba mal al pobre diablo, caminaba muy calmo al cruzar la calle que casi lo atropella un carro rojo (modelo 2015 con placas terminación 78)    – ¡Ay dios!- y mentó madres, aunque no creía en Dios y en ese momento lo invocó, sintió la muerte casi cerca, y se dio cuenta que era un pellizco de la vida, solo uno.



Pasó por la calle dónde tuvo su primer  amor, que fue una total decepción al engañarlo con su mejor amiga. Rememoró los hechos que lo habían marcado de por vida, porque las había  encontrado  en la cama desnudas besándose, en la recámara de su misma casa de cuando fue niño. Pobre ingenuo, nunca vio las señales, se agarraban de la mano entre ellas, y a él no se le hacía raro ya que todas lo hacían como signo de amistad entre amigas.  Se tocaban los senos cada vez que se ponían ropa, claro que lo excitaba, pero a su amiga no. Cada vez que salían los tres parecía que el salía sobrando, no obstante le daba gusto que su  novia  no sintiera celos de su mejor amiga. Incluso una vez, solo una vez, sospechó, cuando fueron a un bar y se agarraron la pierna entre ellas y se miraron de una forma muy rara, pero pensó que habían sido las copas. Poco a poco su novia se fue enamorando de ella, hasta que llegó el momento  que las vio (un impacto total para su ser, que le hizo saber en qué había estado mal). Caminaba  y recordaba aquel vergonzoso y fatal encuentro, un suspiro  a la eternidad,  una marca de por vida; realmente a nadie le dijo, pero eso lo hizo dejar la ciudad, por la vergüenza y para superarse a sí mismo.

La misma usanza en la vida diaria de cuando era joven. Siguió caminando y se reencontró a un amigo del mismo colegio,  lo invitó a tomar una cerveza artesanal, y por supuesto que aceptó. Entraron al bar y charlaban de las mismas suposiciones, hipótesis y cualquier cuestión de la muerte.

-Kromer he tenido miedo a la soledad, a no amar como lo hice la primera vez, no dejar legado, sentirme despreciable, creo que todo esto conlleva a la muerte. No puedo seguir así, necesito algún motivo real para seguir adelante.

-La vida es tan preciosa…. Y empezó a hablar como si fuera el pastor de una iglesia que quiere ganar fieles, Heissenber veía como se movía la boca de su amigo, todo parecía dar vueltas a su derredor,  con ganas de vomitar, y colores muy vivos por todos lados, sintió presión en todo su cuerpo y vio un ser raro, negro, como siempre lo ponen en las movies de ciencia ficción, la muerte. Se acercó a su oído y le susurró algo, imperceptible para cualquier humano, su sonrisa se le aclaró en la cara y en verdad encontró el sentido a su vida, sabía por qué cosas luchar y que hacer, era otro hombre, alguien con determinación.

Se despertó de ese trance y su amigo seguía hablando sin parar ya no de lo que le preocupaba, sino de su patética vida peor que la de él.

-Kromer  (dijo Banner) gracias por todo en verdad me has ayudado a encontrar  un sentido a algo, ahora sé que puedo y quiero seguir viviendo  con alegría, sé que me irá muy bien.

Aunque realmente no le sirvió de nada la extensa plática  de su camarada, se paró efusivamente y  sacó un billete para pagar lo de ambos.  Salió del establecimiento corriendo, gritando y saltando de gusto. Solo él sabe qué le dijo la muerte en ese momento. El pobre diablo, afuera del bar gritaba casi chillando.

-¡Tengo la respuesta!, ¡tengo la respuesta!. ¡Sé  de qué se trata la vida y la muerte!-. 

Justo en ese momento estaba en medio de la calle con las manos en el aire en forma de agradecimiento, cuando repentinamente pasó un carro a toda velocidad que lo  arrolló y murió instantáneamente. 

Antes de cerrar los ojos se dio cuenta que las placas eran las de la terminación 78.






martes, 19 de marzo de 2019

Mr. Matthews

El creacionista del día. Ricardo Durán.









Llegué empapado a la casa de mi profesor de inglés esa noche. La lluvia me cogió sorpresivamente a medio camino de mi clase particular de inglés y ya no pude regresar a casa. Llovía demasiado.
Mi profesor es un gringo radicado en la ciudad de México desde hace 15 años. Habla perfectamente español y a parte de las clases particulares en su casa, también da clases de inglés en la Universidad Autónoma de Chapingo. Siempre me dijo que lo llamara por su nombre, pero preferí guardar la distancia y lo llamaba por su apellido, Mr. Matthews.

Mr. Matthews es un tipo alto y delgado. Tendrá unos 56 años y se ve algo acabado. La regla básica de la clase es siempre hablar en inglés.
Me abrió la puerta y me hizo pasar inmediatamente. Me ofreció una toalla y salió apresurado hacía su habitación. Salió con un pantalón deportivo y una sudadera. Mientras me ofrecía las prendas, me pidió que me quitara la ropa para echarla a secar y así poder tomar la clase sin problemas. No lo vi del nada mal y me desvestí delante de él. Vi como me acariciaba con la mirada, pero no le di importancia. Cuando me quité el bóxer me voltee y sus lentes se empañaron un poco al verme con el culo al aire. Me vestí y al terminar de ponerme la sudadera, me ofreció un vaso de whisky para el frío. Algo que le agradecí infinitamente. Se fue al baño y puso mi ropa a secar en su máquina secadora. Regresó a la sala y la tomó botella de whisky y sirvió un vaso para él mientras allá afuera la lluvia seguía fuertemente. Vio mi vaso vacío y sirvió otro poco más de whisky. Como de costumbre encendió el televisor y puso una película totalmente en inglés. Sin subtítulos. La vimos bebiendo whisky y con la luz apagada. No supe si la tela de su ropa deportiva o el whisky me calentaban del frío que hacia. La botella iba un poco más abajo de la mitad y la película estaba por terminar. Sonó el teléfono y puso pausa a la película. Encendió la luz y contestó. No tardó tanto y regresó nuevamente. 

— My wife is not coming back tonight.

— Where is Mrs. Matthews? Le pregunté.

 — Oh, my dear friend, she is at a friend's house, but that neighborhood has suffered a flood and will not come.

No dije nada y seguí bebiendo. La señora Matthews es una hermosa cuarentona. Alta, delgada, con tetas y culo chico, pero con mucha clase. Terminamos de ver la película y me tocaba analizarla completamente en inglés. Se nos fue el tiempo y la botella. Saco otra más y la lluvia no paraba. Para ese momento me había olvidado completamente de mi ropa. Platicamos de cosas en general y la lluvia no cesaba. Finalmente le venció el cansancio. 

—My dear, I have to sleep. You can stay on the sofa and tomorrow you can go early in the morning.


Le agradecí el gesto porque ya me sentía algo borracho y la puta lluvia seguía al mismo ritmo. Regresó con colcha y almohada y la dejó sobre el mismo sofá. Nos despedimos y me abrazo. Su abrazo se sentía necesitado de amor y de sexo, pero no del sexo de su esposa, mas bien de otro sexo. Nos soltamos y se fue.


 Encendí la televisión nuevamente y seguí bebiendo. Habían pasado treinta minutos y me dio hambre. Me levanté y fui directamente a la cocina. Saqué un poco de queso y pan para sándwich y me preparé dos. Mientras comía mi último emparedado fui al baño. Terminé de mear y me guardé el paquete. Saqué mi ropa de la secadora y no encontré mi bóxer. No le di importancia y la doble. Salí del baño con mi ropa y me dirigía a la sala cuando escuché unos gemidos que venían de la puerta del fondo. Me pareció un poco extraño ya que en la casa solamente estábamos él y yo. Así que me acerqué lentamente sin hacer ruido y los gemidos comenzaban a escucharse más fuertes. Llegué a la puerta y la abrí muy despacio y ahí estaba él, masturbándose con mi bóxer en mano. Vi lo caliente que estaba y justo cuando se estaba viniendo. 


Me fui directo a la sala y me cambié de ropa. Me sentía raro estar vestido sin mis boxers. Me dirigí a la puerta y la abrí. Estaba a punto de salir cuando me regresé a la sala y cogí la botella y salí.


 En la calle seguía lloviendo de la misma manera. Caminé por unas cuantas calles hasta encontrar un taxi. Me volví a empapar de la terrible lluvia que seguía toda la noche, así como mis boxers estaban empapados de lluvia blanca de Mr. Matthews. 


¿Cómo se llamaba el profesor?


Robert Matthews.





lunes, 11 de febrero de 2019

Apostándole a lo mismo

El creacionista del día. Ricardo Durán












Sabía que la encontraría todos los martes por la mañana a la misma hora en la bodega de la zapatería. Le tocaba acomodar los zapatos nuevos que llegaban. Yo trabajaba en el turno vespertino, pero cada martes iba con algún pretexto para verla y platicar con ella. Al comienzo le parecía extraño que alguien que entrara en la tarde llegara tan temprano a trabajar. Con las semanas se fue acostumbrando y nos fuimos haciendo amigos. Nunca se dio cuenta que me gustaba y que me ponía caliente. Rosa estaba casada con un tipo que limpiaba las oficinas de un lujoso corporativo al sur de la ciudad. Así que no me preocupe por competir con un bueno para nada como yo. Fui paciente y con los meses, Rosa me contó que su esposo la estaba engañando con una mujer de su trabajo. Estaba destrozada porque ella lo quería mucho. La abrace y le dije que no se preocupara, que hablará con él y si lo quería que lo perdonara. Y así fue. La semana siguiente en la bodega me contó con lujo de detalles aquella noche de reconciliación que tuvieron. No desistí y seguí esperando mi turno. Meses después volví a escuchar su llanto y está vez era algo serio, su esposo había vuelto a salir con la misma mujer. Rosa comenzó a llorar desconsoladamente y la abrace. Le dije algunas palabras de consuelo cuando me calló con un beso. Me empujó hacía un estante vacío y algunos zapatos cayeron sobre mí. Su mano derecha me desabrochó el pantalón para meterla y buscar mi pene. Se separó de mí, se alejó y cerró la bodega por dentro. Rosa era una mujer muy joven, ni buena ni fea, pero con unas grandes tetas que siempre me habían calentado. Me quité el pantalón y ya estaba listo para penetrarla. Rosa se quitó el suyo, se hincó y se puso en cuatro. Llegué y se la metí toda. Rosa agarró un libro de Shakespeare y lo mordió fuertemente mientras se la metía toda a gran ritmo. Terminamos de coger y nos vestimos. Salí de la bodega a fumar un cigarro. Minutos después entré y no volvimos a hablar más esa mañana.



La semana siguiente llegué como de costumbre a la bodega y me encontré con una sorpresa. Rosa ya no estaba en la zapatería. Había renunciado. En su lugar estaba un pinche gordo apestoso y hablaba mucha mierda. Así que esa mañana me fui y regresé a trabajar por la tarde.


Pasaron los meses y no supe más de Rosa. Parecía que se la había tragado la tierra. Salí de viaje con mi novia a la ciudad de Querétaro. Ella tenía familia en esa ciudad. Llegamos a la mañana y fuimos a desayunar a un mercado tradicional de la zona. Terminamos y salimos a dar un paseo por la zona. Llegamos al parque del centro y caminamos un poco. Nos sentamos en una banca vacía. Sorpresivamente me topé con Rosa y su esposo. Ambos nos vimos y a lo lejos sonreímos. Rosa sentada con su esposo en una banca. Se levanta y va hacía la nevería. Al verla me levanté y fui hacia donde ella. Rosa tenía tres paletas de limón en la mano y esperaba a que le dieran su cambio. Al entrar fui directo a ella.


—Rosa, necesitamos hablar.


Rosa me miró y sonrió. Tomo una de las paletas con la otra mano y me la dio.


—Para ti. Tú compra la paleta de tu puta.


Rosa salió de la nevería y cruzo la calle hasta llegar al parque en donde se
encontraba el cabrón de su novio. Él se levantó y ambos se perdieron de mi vida para siempre.



Yo compré una paleta de grosella y se la di a mi novia. No quedamos gran parte de la tarde sentados en el parque, viendo a las palomas.







jueves, 29 de noviembre de 2018

Abandonar la prepa

El creacionista del dia. Adán Echeverría












Le llamaría Ripetti para burlarse de aquel hombre que había abusado de ella en la preparatoria. Por cuestiones de idiosincrasia, moral y esas imposiciones que norma la iglesia mexicana desde la Conquista ella no podía acudir al aborto como sus compañeras de escuela lo hacían, ahí con el Dr Chávez en la colonia Sarmiento. No. Ella era niña de su casa, y como tal tenía que ser bien portada. La continua opresión familiar la acorralaba: Niña, no corras; las niñas no sudan ni andan empujándose; qué juegos son ésos, chamaca, hasta pareces varón. Una señorita tiene que sentarse con las rodillas pegaditas, y cuando uses falda ponte la palma de la mano derecha enfrente, para que nadie pueda mirarte los calzones. "Me hartan los calzones", decía Rebeca refunfuñando mientras corría a su cuarto, tumbándose en la cama para sollozar a sus anchas, al sentirse vigilada por la madre, la abuela, los hermanos.

Tu padre y tus abuelos han construido este apellido que llevas, con mucho empeño, constancia, y buenas relaciones; no vas a venir tú, ahora, a ensuciarlo con tu mal comportamiento. "Dirán que con mucha poca madre ", murmuraba la chica a solas mientras garabateaba en una libreta que llevaba a la preparatoria, harta de la cantaleta de siempre.

Ripetti; así quiero que se llame.

Pero ése no es nombre de cristianos, chamaca, cómo le vas a poner así.

Pues pueden ponerle Jacobo, Manuel, José, o como se les de la gana, pero créame madre, yo le llamaré siempre Ripetti; que no le quepa duda.

Era un reacomodo de letras para recordar a aquel maestro que siempre perseguía a las muchachas y que, a pesar de que Rebeca no era una chica fácil, tampoco se había comportado como una santurrona cuando lo tuvo enfrente y a solas.

Empezaban los ochenta, AC/DC andaba de gira presentando las rolas de Back in black, habíamos sobrevivido la complicada década de los 70; con el mundo llegando a la cúspide de la guerra fría entre el bloque socialista y el capitalismo americano, y poco faltaba de ese año para que John Lennon muriera asesinado. Era octubre, en la preparatoria aquel profesor de filosofía, que pasaba ya de los cincuenta años, comenzó su continua cacería de inicio de curso: "Las muchachas de prepa no piensan", reía frente a sus compañeros desde aquellos días cuando comenzara a dar clases apenas cumplidos los 25: "Viven en una disyuntiva: para sus padrestodavía son niñas, y para sus compañeros comienzan a oler a hembra. Ellas lo saben, y mucho hacen por sentirse atractivas. La libertad del rock que se escucha en las estaciones de radio, el espíritu que camina con la moda, todo aquello de la igualdad sexual que se pregona, las lleva derechito a nuestras camas. Las hacemos brincotear un rato, y luego las mandamos a volar. No falla, gallo; es en serio".

Pero esta idea recurrente que al principio sonaba divertida, dejó de parecerlo para sus demás compañeros porque, como era lógico, crecieron; se hicieron adultos responsables, profesores de cátedra, padres de familia, y con el paso del tiempo, igual se fueron transformando en padres de chicas que estudiarían la preparatoria. Pero el compañero Milton Repatti no pudo entenderlo.

"¡Hey Repatti!", le gritaban los compañeros por los corredores de la prepa cada septiembre: "¡Ya miraste a la chaviza!" Y el profesor Repatti, saludaba cortés, con los ojos persiguiendo siempre algunas pantorrillas, y una sonrisa desencajada metiéndose entre los ojos de las chicas que cada año pasaban por las aulas: "¡Claro que sí, gallo, desde temprano estoy de cacería!"; solía confirmar. Sus compañeros lo dejaban ser, pero aparte, cuando Repatti se ausentaba, entre ellos lo maldecían: Pobre hijo de puta, está casado, con hijas ya casaderas, y sigue en la misma voluntad idea fija. Como su hermano es el mero máster de la Universidad, ni quién lo corra al cabrón. Hay que llevarse bien con él, porque si lo acusas, capaz que eres tú el que se queda sin trabajo.

Poco tuvo que pasar para que el profesor Repatti, coincidiera con Rebeca en aquella escuela. Años después el mismo Roger Bartra hablaría así del 'libre albedrío': "El hombre cree que toma decisiones por sí mismo, y que ésa es su gran libertad; qué equivocados seguimos estando". Y Rebeca no tuvo escapatoria. Odiaba a su madre y a toda su familia, y en la prepa, su segundo hogar, conocería a un profesor de filosofía mayor de cincuenta años, dedicado a perseguir alumnas.

Si te acuestas con él, olvídate de estudiar su materia. Te pone puros dieces. Hasta te ayuda con otros maestros para que te pasen; el viejo está bien parado.

¿Y aquello, también está bien parado?

Jajajaja, pequeño, pero todavía le funciona. ¡Qué importa, tú!; la cosa es aprovechar.

Rebeca escuchaba a sus compañeras con atención, pero precavida; no era santa, claro, pero tampoco una zorra como aquellas; además el viejo pues... era un maldito anciano, que flojera; imaginarlo desnudo le causaba asco. Si se tratara de un maestro joven, de buen aspecto. Pero el tipo apestaba casi a muerto, para qué arriesgarse. Y entonces conoció a Efraín, un compañero de la clase de deportes. Flaco, alto, moreno claro, con el pelo cortísimo, a lo militar, diferente a aquellos greñudos que caminaban por la ciudad presos del ambiente ochentero. El chico era atento, educado. Rebeca no lo pensó mucho, cuando Efraín se acercó para invitarla al centro de la ciudad; para ir a una estación de radio, y aceptó. Un amigo de Efraín, el Ricardo, conocía a un locutor ahí, quien le dejaba poner algunos de sus discos de rock para los radio escuchas. Rebeca lo acompañó varias veces. Dos semanas después de andarse viendo, le permitió dejarla en la puerta de su casa. El chico sabía ser divertido; y ella no quería hacer nada a escondidas de su familia. Su madre lo saludó con tal sequedad, que puso incómodos a todos. Efraín se despidió, con un cálido apretón de manos.

Es la última vez que quiero verte con ese indio, sentenció su madre. Tienes un apellido que cuidar, y cómo te atreves a pasearte con ese mentecato.

¿Qué tiene, cuál es el problema? Es un chico serio y estudia conmigo en la prepa. Tiene buenas califica… Y sintió el golpe en la boca, y la sangre correr por sus labios.

¿No entiendes? ¿Eres estúpida? Tu padre y tus abuelos dirigen muchas empresas. Y la prensa siempre está pendiente de ellos. Y tú, en vez de comprender y cuidar el nombre de tu familia ¿te dedicas a salir con indios? No tienes conciencia de quién es tu padre, tus abuelos, yo misma. Me tienes hasta la madre con tus estupideces. Ya decía yo que era una locura que estudiaras la preparatoria. Debiste entrar a clases de modales, o de cocina, para que aprendieras a comportarte, y te volvieras una buena esposa. Pero esas ideas de tu padre, para quedar bien con "los de abajo". Escúchalo bien, chamaca, no quiero volver a verte con ese pendejo.

El lunes, al bajarse del carro, y caminar hacia la escuela, estaba decidida. No dejaría a Efraín. Pero terrible fue su sorpresa al ver que el chico le huía. En el segundo horario de descanso pudo encararlo. Lo encontró en las canchas haciendo deporte. Estaba de espaldas.

¿Me estás evitando? ¿Qué te hice?, el chico se dio vuelta y Rebeca constató que tenía un ojo aún morado. Luego de dejarte alguien me dijo que no me volviera a acercar a ti, o me iría peor. No quiero tener problemas; no tengo tu dinero, y necesito terminar la preparatoria. Lo siento. Y se fue casi corriendo, dejándola plantada en las canchas de basquetbol. Caminó cruzada de brazos hacia su salón. Al entrar, solo estaba el profesor Repatti.

¿Qué haces acá? Todos se han marchado. Hay una protesta por el arresto de tres estudiantes, en una redada que hicieron los policías en El Chac Mol. ¿No te enteraste? Algunos maestros que

conocen a los estudiantes, organizaron la marcha, y se dirigen hacia el Ayuntamiento a exigir su liberación. Se va a poner… Pero Rebeca no podía escucharlo. No acertaba a pensar con claridad.

¿Qué te pasa, pequeña? Y la chica comenzó a llorar amargamente.

Repatti supo que era su momento. "Las chicas cuando andan tristes, son mucho más fáciles. Un poco de ternura y terminan entregándose", era uno de sus postulados. Se acercó a ella; y para que se calmara comenzó a acariciarle los cabellos, consolándola. Le ofreció su pañuelo. Le pidió que le dejara comprarle un refresco, para que se sintiera más tranquila y pudiera contarle todo. Vamos, mi carro está en el estacionamiento.

Rebeca no sabe exactamente cómo pasaron las cosas; las casas cruzaban ante sus ojos al avanzar en el vehículo, pero se sentía desorientada. Sus ideas iban del rostro de Efraín a las palabras de su madre. Recuerda la charla, el refresco, que el profesor la escuchaba, pero no supo cuándo aceptó ir a su casa, que se encontraba cerca de la salida a… Lo que si sabe, es que terminó consintiendo al sexo. Nadie la obligó y no se sintió forzada. Las palabras de sus compañeras, el golpe de su madre y sus gritos, el ojo morado de Efraín, el calor mismo en la ciudad, la fueron conduciendo de la mano a esa situación; pero fue ella, sin la ayuda del profesor, quién se quitó la ropa, y abrió las piernas: No soy una chamaca como todos creen. Decidió permitir que las cosas pasaran. Y el profesor se había mostrado gentil.

Luego de esa tarde la relación entre Rebeca y el profesor Repatti se volvió más estrecha. Rebeca comenzó a desinhibirse, su lenguaje vocal y corporal se hizo diferente. Su propia madre lo notó, y entre sorprendida y temerosa de aquel cambio, decidió dejar de retarla, para ver por dónde iba la muchacha. Hasta que se dio cuenta que estaba embarazada.

Ripetti se va a llamar, y al que no le guste, puede irse al cuerno.

¿Quién es Ripetti? preguntó el padre de Rebeca, cuando al fin estuvo a solas con su esposa; eran un matrimonio que ya no solían compartir intimidad más que en sesiones programadas y puestas en agenda con tiempo. "No tengo la menor idea", contestó la esposa, que gateaba desnuda sobre la cama.

El profesor Repatti también notó aquellos cambios en la conducta de Rebeca. Primero la observó dejar de consumir refrescos, ahora pedía los mismos preparados de alcohol que él, si la llevaba a un restaurante; y no solo uno, varios; le gustaba mucho fumar; y en la cama, sabía manejarse con mayor soltura. Cuando el embarazo comenzó a notarse, las murmuraciones vinieron acompañadas del crecimiento abdominal de la muchacha. El director terminó llamando a

sus padres, y citando al profesor Repatti a la dirección; la comidilla en los corredores era inaguantable. Rebeca sólo sonreía mientras veía el rubor, en el acalorado rostro de su madre. Tuvieron que llamar también al máster de másters de la universidad, el hermano del profesor, porque aquello se había salido de las manos; y los gritos y amenazas de los padres de la chica de 16 años rebotaban por todas las paredes de la escuela. Reclamaban su despido. La esposa del profesor interpuso una demanda de divorcio. Repatti estuvo a poco de ir a la cárcel acusado de estupro. Pero no lo golpearon como a Efraín, porque el padre de Rebeca, sabía la clase de persona que era el hermano del violador de su hija. Para aquel papá la chica no existía y con sus 16 años aceptó por su propia voluntad casarse con un viejo de 56. Absurdo: "Las chicas de preparatoria no piensan", había gritado montado en cólera sobre el rostro del director, lo que ocasionó que toda la planta de profesores de la preparatoria, estallaran en risas: Lo mismo decía Repatti.

Rebeca había consumado su venganza. Pensó que todo terminaría en un aborto con el Dr Chávez, como hacían sus amigas, pero su familia se opuso. La encerraron en su cuarto, ayudaron al profesor Repatti a conseguir su divorcio; y tras el nacimiento del pequeño Ripetti, la casarían con aquel hombre que parecía su abuelo.

Pero no ocurrió. El profesor Repatti fue encontrado asesinado en El Chac Mol, a donde había ido a festejar su anhelado divorcio. Se quiso poner exquisito con las chicas del lugar, y ya entrado de copas se llevó a una de ellas a los cuartos del hotel que tenía anexo aquel lugar. Al darse cuenta que no era una chica, sino un hombre travestido, Repatti se hizo el indignado. Pero el joven exigía la paga, porque el acto había sido consumado: No reclamaste cuando me la metiste, ¿verdad?

Pensé que era tu gusto, no que no tenías entrada frontal. Fueron las últimas palabras del profesor. El chico le azotó la cabeza contra el suelo, tantas veces, que terminó asesinándolo.

Al saberse libre de aquel casamiento estúpido, que la llevaría al manicomio con el paso de los años, Rebeca pudo sonreír gustosa. Era todavía 1981, se había librado del profesor, del matrimonio, y de que sus padres la trataran como niña: ahora podía encararlos. Podía incluso abandonar la preparatoria, si lo deseaba, para hacerse cargo de su hijo. Era una mujer adulta, madre soltera, con toda la vida por delante. Además había sido convertida en víctima de las circunstancias, la fecha de la boda ya había sido fijada y anunciada por la prensa; y ninguno de los fatales acontecimientos eran culpa suya.

Ripetti se llamará, dijo complacida.









jueves, 15 de noviembre de 2018

BAJO EL TAMARINDO

El creacionista del día. Aleqs Garrigóz







Aún recuerdo la primera vez que te vi: caminabas por la acera de enfrente con tu mezclilla deslavada y esos pasos animales tan cargados de virilidad, muy propios de ti, siempre en un mundo donde tú eres lo mejor. Algo se despertó en mí que quise hablarte, que inventé pretextos absurdos para escuchar tu voz.

Y hoy recargas tu brazo en mi hombro para hablarme de las cosas que están enfrente: las montañas azules hincadas ante la inmensidad.

Ah, compañero mío, Dios nos ha hecho gentiles y nosotros nos vamos juntando, nos vamos dando probaditas de nosotros el uno al otro. Tenemos palabras, gestos para hacernos sentir mejor. Nos queremos, nos tenemos… Aún.


Aquí estamos, recostados en la hierba húmeda, temblorosa bajo la mano del viento. Tú miras las nubes pasajeras y me señalas en ellas formas que me hacen reír. Yo escribo otro poema, melancólicamente, como soy. Arrancas una brinza y la muerdes; yo acaricio tu cabeza latiendo sobre mis rodillas.


Cerca tenemos agua, pan, libros, una canasta en la que hemos acomodado nueces, pasas, algún mantel, hojuelas y miel. Este año ha corrido tan velozmente que, me parece, fue ayer que nos dimos el primer beso en aquel callejón, bajo el frescor de noviembre.


Y cuando la última perdiz cruce el cielo y la primera estrella empiece a espiarnos, me habrás arrancado otra risa insegura, a donde caerán algunas lágrimas. Porque te irás al colegio militar, me has dicho. Y te dirás a ti mismo que todo esto no fue más que una aventura sin importancia de la que nunca contarás a nadie.


Y te casarás y tendrás hijos. Pero no será conmigo.





lunes, 12 de noviembre de 2018

EL INSECTO

El creacionista del día. Gerardo Alonso









El despertador no suena aún, no deben ser las seis. Me estiro, bostezo, dirijo la vista al piso en busca de mis pantuflas y, cuando me dispongo a brincar fuera de la cama un impulso nuevo me obliga a retroceder y permanezco así, agazapado dentro de las cobijas, la mirada fija en el bicho recién descubierto a los pies del tocador. Ahí está, atento a mí en posición de ataque. Se mantiene rígido, con todos sus nervios en tensión. Me estudia, calcula. Intento moverme con precaución, sin que él lo note. Estiro un brazo lentamente hasta alcanzar el vaso de agua sobre el buró luego el otro para controlar mejor el movimiento. Lo llevo hasta mis labios y doy dos tragos lentos y prolongados. Lo deposito con la misma cautela en su sitio original y me acurruco dentro de las cobijas pendiente de cualquier movimiento que el insecto pueda realizar.




Un sudor frío me recorre pero nunca separo la vista del intruso. La puerta que da a la calle se abre, la escucho desde mi refugio. Debe ser Beatriz, justo ahora, después de tanto tiempo. Siento alivio y temor quisiera prevenirla. Escucho sus pasos que se
acercan. Me concentro otra vez en el ser abominable, con sus patas largas y delgadas estiradas en completa rigidez dispuesto a atacar. Estoy afiebrado. El sudor recorre mi frente. La puerta de la habitación se desliza lento, veo el rostro sonriente de Beatriz. Quizá me creía dormido. Nuestras miradas se encuentran, intento prevenirla señalando con los ojos el sitio donde está. Se detiene de súbito, permanece expectante hasta que sonríe y se acerca con decisión al tocador ante mi mirada atónita. Mueve al arácnido con la punta del tacón y voltea sonriente; con un movimiento de hombros afirma: “Está muerto.” Tras un suspiro de alivio hago la pregunta: ¿Te quedarás?





martes, 6 de noviembre de 2018

LAST DAYS 2018





"El arte es largo y el tiempo es corto".

Las flores del mal

C. Baudelaire 




La creación de los últimos días del año - NOVIEMBRE, DICIEMBRE 2018 - tiene un giro especial, ya que las vivencias de convertirnos en otros, conforme pasan las horas, llegan a alteran la subjetividad de un futuro próximo. Las definiciones lineales sobre nosotros mismos se desploman, evolucionan y nacen y mueren a instantes pensamientos, creaciones, e ideas que van generando conocimiento enriquecedor a lo largo de la existencia. 





Invitamos a todos los Creadores, en cualquiera de las artes en las que se complementen, a que nos compartan por medio de las #letras, #pintura, #teatro, #danza etc... alguna #creación que sea de su agrado. Este espacio lo conforman tus colaboraciones, y no solo está destinado a la creación literaria, también está abierto a las artes en general.



Esperamos sus creaciones, al correo que ya conocen: elcreacionista_@hotmail.com o al correo de las principales redes sociales: https://www.facebook.com/creacionista, https://twitter.com/creacionista.




jueves, 6 de septiembre de 2018

EL REGRESO

El creacionista del día. Jesús Fuentes y Bazán









Hojeando una revista de modas, sólo por distracción, espero la salida del autobús a Ensenada en la terminal de la línea, en Tijuana. Ir de compras al gabacho, la verdad, me enfada: Desde comprar dólares, levantarse ese día casi de madrugada, sufrir una larga fila y avanzar con lentitud para cruzar, ver la cara agría del gringo, burlona -imagino-. De plano, ¡no!


“Tengo el once, este es mi asiento,” dice un joven como de treinta y tantos años, alto, moreno, bien parecido, de nariz aguileña. El pelo largo escapa de su tejana negra y cae sobre el cuello de su camisa azul a cuadros de diferentes tonos. Pantalón vaquero de mezclilla.


Sin decir más, se sienta junto a mí, al lado del pasillo. Se sumerge en el asiento con desparpajo, con placidez. Levanta su pierna derecha y, con un poco de dificultad por la estrechez del espacio entre los asientos, la pone en escuadra sobre la pierna izquierda. Su bota café, de pico, lustrosa. El autobús avanza, serpentea en la autopista.


“Vengo del otro lado. Estuve en la cárcel.”


Siento su mirada en mis piernas.


Mirándolo a la cara, le cuestiono por qué me dice eso; cierro la revista.


Sonriendo, responde: “Me inspira confianza.”


“¡Confianza!”


“Tiene cara de buena gente; además es usted bonita. Sí, de bonita y buena,” remarca. Prosigue sereno diciendo que pasaba droga. Era burrero, pero que alguien le puso dedo y lo detuvieron los güeros.


Sus ojos oliva, expresivos, encuentran los míos. Nerviosa, desvío la mirada hacia la ventana; observo el amplio tapete azul del océano y los amarillo, naranja y rojos del atardecer. Hermosa postal desde la Escénica.


Aún no entiendo su plática. ¿Qué ganaba con contarlo? Quizá sintió ansiedad, deseo de comunión. ¡No sé! Sentía su mirada clavada en mí.


“Al llegar al puerto, unos compas del jale, que no conozco, me esperan en una pick up guinda,” comenta con entusiasmo. “Pero, la neta, yo quiero dejar eso; es bien pinche estar encerrado,” susurra.


En la central camionera de Ensenada, el autobús se detiene. Con un adiós efusivo, se despide, sonríe. Baja con paso firme, se encamina hacia la salida.


Respiro tranquila.


En el andén espero que el maletero me entregue las bolsas de mis compras que vienen en la cajuela, junto a los equipajes de otros viajeros que, al igual que yo, aguardan su entrega. El ruido de los motores diésel de los autobuses que llegan o salen va en aumento.


Se escuchan gritos. Veo gente correr dentro de la terminal. Confusión y miedo en sus rostros.


Alcanzo la calle apurada.


El auricular del teléfono público cuelga, se mece cómo péndulo de reloj. Debajo de él, tirado en la banqueta, está el cuerpo sangrante de un hombre largo, frágil, muerto; como títere al que le han cortado los hilos. A mitad de la calle, los vientos de Santana en esta tarde-noche revolotean, juegan con la tejana.


Imagino un niño que corre tras un aro.


“Le dispararon desde una Cheyenne guinda”.


Pienso en mi compañero de viaje…


Intranquila, pegada a la pared, camino a la esquina del Oxxo para esperar a Rosa que viene por mí.


Unos golpes suaves tras el amplio cristal de la tienda…


¡Ahí está! ¡Es él! Alegre, da un sorbo a su café y, con un ademán de mano, me dice adiós.







jueves, 23 de agosto de 2018

SIN DEJAR EXPLICACIÓN

El creacionista del día. Addy Castillo













La cara amoratada e hinchada pendía en un ángulo inverosímil e incompatible con la vida; desde abajo, se veían los parpados edematizados y entreabiertos, la lengua negra a través de la comisura de la boca, las mejillas sin color y el cuello hendido por la cuerda que lo sostenía de la trabe del techo.



Lo miraba y trataba de imaginarme sus últimos momentos; el preciso instante en que dejó la silla donde se encontraba sentado, asentó el vaso de whisky en las rocas que tomaba, se alejó de la mesa, abandonando el resto de la botella de esa deliciosa cosecha. Traté de visualizar el movimiento pausado, pero determinante, con el cual movió la silla hasta el lugar donde la encontramos tirada; justo debajo de sus pies, que aún oscilaban levemente, a la altura de nuestros ojos. Un hilillo de orina seca se marcaba desde el pubis, hasta el borde de los zapatos, dejando su huella sobre el piso y el olor en mis fosas nasales.


Casi podía verlo estirando los brazos regordetes, con la cuerda entre ellos, para colocarla por encima de la trabe, parado sobre la silla, quizás de puntillas, cuidando de no caer. Es ilógico pensar que quien está haciendo estos preparativos, se cuide de una caída. Quiere morir, pero no quiere lastimarse. No sé, quizás sea un primitivo instinto de sobrevivencia.



Imaginé sus manos temblorosas sosteniendo el vaso para un último trago, quizás lo elevó hacia un desconocido imaginario, o un conocido ausente; y mientras su boca esbozaba una sonrisa sarcástica, con una leve desviación hacia la izquierda, mientras los ojos miraban desde abajo, y hacia el frente, y torcía el cuello a la derecha.


Quise recordarlo sonriendo o feliz, pero solo obtuve la luz opaca de sus ojos fijos, sin vida, que miraban entre la apertura palpebral. Las moscas se paraban descorteses sobre él. Hice un ademán para espantarlas que de poco sirvió. Las que rondan los cadáveres no les temen a los vivos.



Hice el intento de sonreír, y devolverle el gesto con un vaso imaginario de whisky en la mano. Me detuve a medio gesto, con el miedo ancestral de que me contestara la cortesía. No soy bueno para lidiar con el terror. Casi al mismo tiempo, mi boca trató de imitar la mueca suya, mientras incrédulo veía como sus ojos se evertían, y sin luz se dirigían hacia mí. Su lengua negra, empezó a relamerse los labios, secos y descamados y su mueca harto conocida por mí, se hacía más amplia, Una voz gutural que parecía provenir de él, se dejó escuchar:



–Aquí estamos los dos, frente a frente, al fin.



La voz me heló la sangre en las venas y sentí cómo mi columna se congelaba en la postura de sorpresa y terror total, de ése que te incapacita para huir. Traté de pensar, de razonar que era imposible, que era producto de mi imaginación, una broma de alguno de los tramoyistas, un trabajo excelente de los ingenieros de efectos especiales, una jugarreta de muy mal gusto, pero la voz siguió:




–Alcánzame el ultimo sorbo de mi whisky, ¡cabrón! ¿O ya te lo tomaste?




Mi orina se mezcló con el charco de orina que él había dejado. El intenso olor a amoniaco me inundó las fosas nasales, y sentí cómo algunas neuronas aturdidas se medio despertaban. Tragué saliva, y un hilillo de voz apagada salió de mi garganta y se dirigió a aquel esperpento que colgaba de la viga:



–¡Aquí está! ¿Bajas por él o te lo subo?




–¡Por eso me caes bien! Tienes huevos, y un sentido del humor retorcido- continuó mientras extendía la mano yerta hacia mí, y sujetaba el vaso que todo tembloroso le ofrecía.




–¿Sabes por que estoy aquí? –continuó– No me dio la gana de escribir nada, me dije que después de todo, yo ya no estaría para darles explicaciones, ¡culeros! Pero te lo diré, solo porque aquí sigues, y por que me gusta que aunque te has meado del susto, no has salido corriendo.



No supe si su discurso ameritaba respuesta o no; así que solo asentí lento, y puse cara de estar atento; aunque definitivamente no dejaría de mearme mientras estuviera frente a él.



–La primera vez que te encontré con esa puta, quise colgarte de esta misma viga; en vez de ello, ¿recuerdas?, me di la vuelta y salí del cuarto mientras terminabas dentro de ella. Esperé con un vaso de whisky en la mano, en la sala de estar, cerca de una mesita como ésta, a que derramaras todo tu semen dentro de ella y te relajarás. Así me encontraste y casi te cagas en ese momento. ¿Te acuerdas?



–Quise golpearte, quise matarlos, despedazarlos; pero el whisky y la no sorpresa de descubrir que la palabra puta, para ella no era insulto sino su mejor definición, me hicieron sonreír, y te vi cruzar la estancia, saboreando mi bebida con tu cara de culpa y extrañeza por mi falta de acción.



–Esperé que desaparecieras y entre a la habitación. Ella aún se encontraba semi desmayada en la cama, las piernas abiertas, y sobre su pubis, gotas de tu leche todavía brillaban y se deslizaban por sus muslos y sus labios. Me empalmé, como hacia muchos años no lo hacía, y me dirigí hacia ella con mi erección firme. La penetré antes de que pudiera abrir los ojos, la monté sin ira, pero con firmeza, vi la sorpresa reflejada en sus ojos, seguida del placer orgásmico con el que me regaló su último suspiro. Me vine dentro de ella (igual que tú), mientras le degollaba, y la sangre nos bañaba a ambos sobre la cama.



–Cuando mi cuerpo se relajó, la dejé enfriándose en el maravilloso contraste que hacía su sangre sobre las sábanas blancas, y preparé la botella de whisky que me traje de la última excursión. Ya estás sintiendo el efecto, ¿verdad cabrón? Ahora sabes que no es el miedo; es el efecto del veneno entrando a tu sistema, paralizando lentamente cada uno de tus músculos, ya no puedes respirar, ¿verdad? Ni te molestes en intentar gritar. No hay forma de que alguien te escuche y llegue a tiempo para ayudarte. Después de todo, el crimen perfecto sí existe, ¿verdad?



Su ojos volvieron a cerrarse, y su boca calló de nuevo; esta vez para siempre. Yo dejé de pensar mientras mi respiración se detenía, y mi vida se iba igual que el hilillo de orina que corría entre mis piernas.














viernes, 17 de agosto de 2018

LA BAILARINA DEL RELOJ

El creacionista del día. Alma Preciado








Anita, una pequeña y solitaria niña, vivía en casa de su abuelita, ubicada en Avenida Obregón, cerca del Parque Revolución, en uno de los más antiguos barrios de Ensenada, era el año 1961. Las largas ausencias por trabajo de sus padres, la obligaban a permanecer ahí durante el periodo escolar.



La abuela de Anita era una maestra de piano entrada en años. Chicos y chicas de edades diferentes entraban y salían de la casa a diferentes horas del día, llenando el ambiente con notas musicales. Cuando la música le resultaba agradable, Anita se detenía en la puerta de la sala de piano para escuchar; cuando los acordes eran altisonantes se iba a recorrer la vieja casona llena de ornamentos. Cuadros, con jinetes y bellas y elegantes damas, colgaban en la mayoría de las paredes. Había figuritas de porcelana en casi todos los muebles de la casa: pastorcitas, caballitos, unicornios, más jinetes, y otras bellas damas, así como caballeros vestidos a la usanza de Luis XV, que maravillaban la imaginación de Anita al recorrer la casa para observarlas.



Le encantaban todas las figuritas de la casa, pero admiraba una en especial: la bailarina de ballet encerrada dentro de una esfera de cristal de un de un antiguo reloj de mesa, colocado encima de una gran cómoda de madera de nogal café obscuro, en la sala de estar. Al dar cuerda al reloj, la bailarina, con tutu rosa y delicadas zapatillas de satén rosado, giraba en un eterno baile con una música sin fin.


Una de esas raras y calurosas tardes de verano de Ensenad, Anita más triste y solitaria que nunca, sumida en un calor agobiante, hizo su habitual recorrido por la casa para mirar las figuritas de porcelana. Platicaba con ellas conforme las iba encontrando e imaginaba como sería su mundo. En su recorrido llegó hasta su figura favorita, la bailarina; para su sorpresa ésta no estaba en su lugar. La esfera estaba vacía, el reloj detenido no daba la hora de aquel momento.


─ ¡Oh no!─ grito, y corrió a buscarla a toda prisa por toda la casa. Fue inútil. La bailarina no apareció por ningún lado. Se había ido. Anita desconsolada, deseó ser pequeñita para ir a buscarla en aquellos sitios en que su altura no le permitía entrar a mirar.



Más tardó en darse cuenta de aquel deseo, cuando un ruido extraño la hizo darse cuenta que no estaba en casa de su abuelita. Se hallaba en un lugar diferente a todos los que había conocido. Caminó sigilosamente para averiguar donde se encontraba. El sitio semejaba una casita con mesas y sillas de madera rústica, y una gran chimenea encendida en la que colgaba una gran olla que despedía un olor muy agradable a comida. Se percató que se encontraba en el mundo de las de las figuras de cerámica.


─Es la casa de uno de los pastores. ─dijo sorprendida─ Podré buscar a la bailarina del reloj.



Y recorrió la casa de arriba a abajo para ver si la encontraba, pero no había nadie, ni siquiera los dueños, para poder preguntarles. Salió muy triste de la casa y tomó un sendero que la llevó a un hermoso bosque de cedros y pinos. Se internó en él y caminó hasta llegar a un riachuelo de agua cristalina.


─ Y yo con tanta sed.


Se agachó a beber agua y refrescarse después de la caminata. Un ruido le hizo mirar de reojo y ver cerca de ella a un pequeño unicornio blanco con una hermosa y larga crin rizada, que bebía agua del arroyo. Anita quedó asombrada por la presencia de aquel ser y su tanta belleza. No pudo vencer la tentación de tocarlo y el animalito no se asustó.


─Que bello eres, como me gustaría que me llevaras en tu lomo a buscar a mi amiga la bailarina del reloj que se ha perdido.


──Claro que te puedo llevar, súbete a mi lomo y andando.


── ¡Hablas!─ exclamo Anita atónita y rápida, subió al lomo del unicornio y juntos emprendieron el viaje.


Recorrieron la campiña a paso lento, preguntando a todos los que encontraban a su paso si habían visto a una bailarina con un tutú rosa y zapatillas del mismo color. Pero todos contestaban, no.


Siguieron su camino hasta llegar a un pequeño pueblo en donde había niños jugando en las calles y gente caminando de aquí para allá y de allá para acá. Les preguntaron y nada. Nadie había visto a la bailarina. Cuando ya casi habían perdido la esperanza, se escuchó una melodía muy conocida para Anita. Era la música del reloj que venía de una casa al cruzar la calle.


Bajó del unicornio y silenciosamente se asomó por la ventana. La bailarina del reloj con los ojos llenos de lágrimas bailaba y bailaba a las órdenes de un feo ogro.



──Tengo que rescatarla. Debo pedir ayuda── pensó. Y salió galopando en el unicornio blanco, de regreso a las calles del pueblo. Pero nadie les prestó atención pues le temían al ogro.


Cansada de pedir ayuda decidió ir a rescatarla ella misma, no importaba el peligro que corriera. Iba decidida, cuando escuchó la voz de un pequeño niño que decía que él la podría ayudar a rescatar a su amiga. Anita le pidió que montara al unicornio y regresaron a casa del feo ogro.


── ¿Cómo vamos hacer para rescatar a mi amiguita?


──Mientras yo le hago cosquillas al ogro con esta pluma de pavorreal, tú te llevas a tu amiga, ¿sale?


──Sale,- contestó Anita.



Entraron a la casa de puntillas para no hacer ningún ruido. El ogro dormitaba en un enorme y cómodo sillón, harto de ver a la bailarina bailar. El pequeño se acercó al ogro y cuando iba a hacerle cosquillas, el ogro se movió y lanzó un ronquido. El niño retrocedió del susto, pero el ogro tan solo estaba poniéndose cómodo en su suave sillón. El niño continuó con su tarea, hacerle cosquillas en la nariz al ogro. Éste, al sentir las cosquillas en su nariz empezó a retorcerse y a reírse a carcajadas.


Anita sintiendo los pequeño piquetitos en la nariz, despertó. Era su pequeño hermanito que le hacía cosquillas con la pluma de un plumero. Habían regresado de su viaje y todos estaban a su alrededor mirando como dormía. Anita se puso muy contenta al verlos, y los abrazó feliz. Le habían traído regalos de los lugares donde habían estado, muy hermosos, pero el mejor regalo era su hermanito que había crecido bastante ya.



Después de haberse repuesto de la sorpresa, corrió al lugar donde se encontraba aquel reloj. Y ahí estaba, quieta, silenciosa y sin bailar, como si estuviera descansando. Anita se puso feliz. Contenta regresó a divertirse con su familia sin darle cuerda al reloj por mucho tiempo. No quería que la bailarina se escapara de nuevo.