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lunes, 2 de julio de 2018

LA MINA

El creacionista del día.  Aleqs Garrigóz








La prisión de tu amor
es semejante a una mina, amor.
Lo confieso…

Por una oscura grieta he bajado a ella
deseoso de beber en mi sed el agua
y en mi delirio acariciar el musgo
y en mi avaricia encontrar
en el centro de esta caverna de tu pecho
un palpitante corazón en un cáliz de oro.


Te repito, amor: tu amor es la fría mina
en la que el hombre que busca fortuna
se interna con una lámpara de llama tambaleante,
donde letales gases emergen de ranuras secretas,
donde súbitamente
aparecen prodigiosas cadenas de explosiones.

Tu amor es la mina de silencio
donde el hombre envejece rápido,
donde pierde la vista como el topo.

Y ahora que, a tientas,
solo, torpe y ciego como un topo,
tu corazón he hallado –un tosco carbón–,
y que al tocarlo mis manos de culpa se han manchado,

con el saco próximo a romperse,
presuroso de encontrar la salida,
siento el ensordecedor temblor de este lóbrego claustro
tapiándome la oportunidad de sobrevivir,
dentro, muy dentro, prisionero de tu amor,
en la mina de tu pecho.




jueves, 21 de junio de 2018

QUINTETOS

El creacionista del día. Carlos A. Cid









Eres de todas la primera vez
y de las únicas la principal
de boca en boca habla tu beso cruel
de letra en letra tu rima fatal
cuando estás cerca no te dejas ver.

Poesía hablas si toco tu piel
y si acaricio toda tu humedad
dices “no pares que todo está bien”
y das un beso que sabe a verdad
mientras tu muslo empieza a ser infiel.

En cada página hay perfume a sal
ese es el rastro que deja tu piel
cuando conviertes la palabra en mar
y en ese mar también mojas tus pies
pues sólo tú puedes ser tu final.


jueves, 14 de junio de 2018

LA VIDA COMO PROMESA DE REDENCIÓN POR MEDIO DEL SUFRIMIENTO

El creacionista del día. Carlos Ryuten 













Explosión de sentidos, promesa de redención
falla fundamental, mentira primigenia.


Concentramos en el tiempo,
el juramento antaño olvidado
de volver a un paraíso
que nunca tuvimos.


Somos el orgullo y la indignación
que reclaman el alma ígnea
portadores de la luz
condenados a las fosas y mazmorras,
de las masas y de los palurdos
somos burla y escarnio,
alimento para los perdidos y los muertos.


Como formas exangües que intentan parasitar la belleza,
buscamos volver a nuestros umbríos recuerdos,
cual ouroboros que busca incesantemente su cola.


 Teñimos de purpura el asco que desparramos,
 para ocultar nuestros hábitos.


 Cúspide irrelevante de acciones sin sentido,
 encajamos la pieza del destino con los ojos cerrados.
 Celebramos festines de inmundicia y olvido,
 y buscamos corromper el camino.


 Somos herederos de la diáfana miseria humana,
 carcomidos y miserables, completamente vacíos.




lunes, 4 de junio de 2018

Cristo a sus 21

El creacionista del día. Jorge Orendáin








¿Dónde andará ese Cristo a los 21?

Gonzalo Rojas






Cristo a sus 21 llegó a mi casa un día

con una botella de tinto y un poco de pan casero.

Dejó su bicicleta junto a la mía.

Se quitó sus sandalias, me dio un abrazo.

Se sentó como quien se sienta a mirar un sueño que se aleja.

Me miró lentamente, muy lentamente.

Alzó su palabra, siempre con un tono quedo,

y me dijo:

Allá afuera se respira sangre,

polvo lleno de polvo, pólvora llena de muerte,

cocaína que huele a sangre, y sangre que huele a incendio.



Abrió la botella de tinto. La bebió.

No me ofreció un trago siquiera.



Cristo a sus 21 estaba en mi casa.

Miró mi librero con calma. Hojeó discretamente

muchos libros de poesía.

Después de un tiempo, volvió a sentarse.

Me miró lentamente, como quien mira un pájaro

deshojarse en su vuelo.

Volvió a beber de su tinto.

Esta vez me ofreció un trago.

Ese tinto sabía a dolor.



Cristo a sus 21

miró una foto de una muchacha

que alguna vez fue mi novia.

Me volvió a mirar

como quien mira a un niño llorar.



Cristo a sus 21 se fue de mi casa.

Me dio un abrazo.

Lloramos juntos los dos, un poco nomás.



jueves, 24 de mayo de 2018

LIMPIA PARABRISAS

El creacionista del día. Fabiola Morales Gasca










Te seguirá la ciudad. Las calles donde deambules 
serán las mismas. En estos mismos barrios te harás viejo.
Y mudarás a gris en estas mismas casas.
Siempre vendrás a esta ciudad. A otros lugares —ni lo esperes—


La ciudad, Constantino Cavafis



Voy sobre avenida diagonal a menos de cuarenta kilómetros. El semáforo me da rojo. El auto estéreo descompuesto desde hace una semana hace más pesado el tráfico de la letal ciudad y las vueltas sobre mi  dragón de cuatro ruedas me sofocan.  Detengo mi hartazgo en eterna esquina,  el  sol cae como fina espada bloqueando las ideas.

Un joven tatuado se acerca al parabrisas con esponja  y trapo en las manos. Sin moneda alguna para ofrecer, le digo resuelto ¡No, gracias! Palabras que parecen no entender o importarle muy poco porque se abalanza con rapidez para cubrir de jabón el cristal.

Desgastadas mis energías para volver a decirle que no, hago de la lentitud del semáforo una historia que a cualquiera se antoja: Bajarme del automóvil y repetirle al muchacho  ¡No!¡Gracias pero no! Deseo ir aún más lejos, tomarlo con energía de sus brazos. Deseo botarle su esponja a mitad de la calle y mientras él reacciona, aflojarme la corbata, desabotonar la camisa de manga larga que desde la mañana me ahoga y  otorgárselas de buena gana a él. Sí a él. Con gusto tomará la camisa y se las colocará entusiasta. Mientras le doy las llaves de mi rojo tsuru, cubrirá sus tatuajes. Sonreirá y se apropiará de mi vida como de mi auto.

Acelerará para dirigirse a mi casa, lo estará esperando mi esposa y mis tres hijos al lado del pequeño perro que cada vez que llego ladra. Ella entonces le servirá la sopa de mala gana no sin antes pedirle que se lave las manos y le cuente que hizo todo el día. Tal vez no resulte tan interesante saber que ha lavado cuarenta parabrisas y ha ganado menos de treinta pesos a costa de tostarse bajo el refulgente sol. No le contará como yo los detalles amargos de estar encerrado más de nueve horas en una oficina. No contará lo humillante de  ver a compañeros nuevos ascender de puesto, moneda fácil de cambio por tantas borracheras junto a los jefes de turno.

No, él no contará eso, sabrá en ese instante que limpiar parabrisas es mucho más fácil que arrastrarse por una quincena que se evapora fácil ante tanta deuda en las tarjetas de crédito.  Ella le dirá entonces con una sonrisa fingida si quiere más sopa y tomará el plato para servir un insípido guisado.  Las niñas se negarán a comer y jugaran toda la tarde frente a la pantalla plana un video juego que no entiende. El bebé en cambio se paseará gateando en la alfombra sucia, llena de pelos. El limpia parabrisas correrá al perro salchicha, quién al sospechar sobre su verdadera identidad se pasará  tres o cuatro horas ladrando, exigiendo a su verdadero dueño.

Tras vacía horas, las niñas hastiadas de seguir aumentando niveles  en el juego  pedirán a gritos que se les ayude a hacer las tareas. El hombre tatuado intentará auxiliarlas a las nueve y media de la noche. Ellas le exigirán pinceles, pinturas y cartulinas justo a las diez. Él sabrá que todas las papelerías del rumbo están cerradas y se pasará otra media hora escuchando a la mujer haciendo  reproches sobre aprovechar el tiempo en vez de jugar. Las niñas cansadas se irán a dormir y él se quedará a terminar la tarea de ciencias naturales a la una de la mañana. El bebé seguirá despierto y llorará hasta las tres. La mujer fingirá estar dormida ante el insistente llanto, mirará de reojo al limpiador con un secreto odio por no querer levantarse a cargar al niño; así que lo dejará llorar más. A él no le quedará más remedio que cargarlo durante un largo rato para después depositarlo en los brazos de la madre.

Escasas tres horas apenas si le alcanzarán al hombre para roncar e intentar recuperarse. A las seis de la mañana en punto sonará la alarma, tomará un poco de café y se preparará un pan con  jamón. Dará un ligero beso en la mejilla de la mujer despeinada y con ojeras, mientras el perro le ladra. Desafiará al tráfico para llegar a tiempo al trabajo, checará tarjeta y se sentirá morir asfixiado como muchos otros en una oficina de banco. A la salida, regresará a casa y llegará al cruce  de un boulevard y verá a los hombres que limpian parabrisas con recelo y hasta cierta envidia. La epifanía llega. No impuestos, no recargos, no molestos agentes de tránsito, no necesarias mordidas. No aumentos de gasolina, no entregar su vida a una vacua familia. Ni siquiera una ligera losa por cargar.  Nada de responsabilidades. Sólo la calle y él.  Sólo la calle y yo.


Ahora solo los dos, en un breve instante compartimos la lucha por el pan con el sudor de los cuerpos. El hombre del tatuaje me mira a los ojos,  comprende mi angustia y dolor frente a la existencia. El semáforo ya se ha puesto en verde desde hace segundos,  los automovilistas de atrás ya me recuerdan a mi madre. De mala manera ve las pocas monedas que le doy,  pega al primer poste que se encuentra. Yo avanzo entra la crueldad de la ciudad a más de cuarenta.



martes, 15 de mayo de 2018

MADRUGAR SOBRE CERDOS

El creacionista del día. Adán Echeverría










Hay silencios que siempre esperan 
detrás de las barreras del sol
hay colores afrodisíacos colores andróginos
colores que apaciguan los dientes de la violencia
y está el rosa color cerdo
que salta de cama en cama sobre cuerpos lustrosos
Rosados cuerpos de hadas y los cerdos desleídos
que se emborronan por los marcos de las ventanas
en las cabeceras de las camas
en los burós como teléfonos descolgados
las botas bajo colchones y algunos dientes apenas
pizcando sueños en el aire angustiado
de las alucinadas hembras
que cantan de luz en luz
y parpadean apenas el oscuro trébol
en el que dejan los muslos
por si acaso.

jueves, 10 de mayo de 2018

Extractos { MUSULMÁN

El creacionista del díaÁlvaro Luquín










*
Nadie sabe lo que puede un cuerpo descompuesto.
Nadie sabe lo que el campo le hizo al tiempo.
Singladura. Nadie vio sus límites.

Nadie digno estuvo y testimonia. Nadie asume
la vergüenza. Nadie no vio lo que no pudo verse.
Nadie no fue visto.

El campo es quien vive del cuerpo. Lo indestructible
que infinitamente se destruye.

El campo nos cuida. Nos quiere.
Nos anima.





*
Les informamos que el partido se disputará
a las cuatro de la tarde en el solar de la entrada
(a un costado del tercer alambrado).

Podrán asistir aquellos cuyos márgenes
productivos sean previamente aprobados
para fines publicitarios.

No podrá asistir ningún afiliado a sindicatos,
organizaciones altruistas o grupos de apoyo
para buscar desaparecidos.


La Zona permite la convivencia
y las malas costumbres.

Mucha suerte.




*
La vergüenza (como un niño que muerde hasta entumecer los labios
de Dios) se disimula en la mueca del turista que soborna al traductor
para que omita el nombre de sus colaboradores y amigos más


cercanos.